Su palabra final respecto al tema – Lutero habla de los problemas que surgen cuando los cristianos no comprenden bien la predestinación:

Pero me place partir de este pasaje para tener la oportunidad de discutir acerca de la duda, de Dios y de la voluntad de Dios; porque escucho por aquí y por allá que entre los nobles y otras personas de renombre se riegan por todos lados afirmaciones viciosas respecto a la predestinación o al pre-conocimiento de Dios. Porque esto es lo que dicen: “Sea que haga bien o mal, si ya estoy predestinado, seré salvo. Y si no estoy predestinado, como quiera seré condenado por mis obras.” Si me lo permite el estado incierto de mi salud, me alegrará mucho debatir detalladamente en contra de todas estas perversas declaraciones. Porque si estas declaraciones son ciertas, como ellos lo piensan por supuesto, entonces, la encarnación del Hijo de Dios, sus sufrimientos y la resurrección y todo lo que hizo Él para la salvación del mundo desaparecen completamente. ¿De qué sirven los profetas y todas las Escrituras? ¿Qué ayuda prestan los sacramentos? Por tanto, rechacemos y hollemos todo esto bajo pie.

Estos son dardos diabólicos envenenados, el mismo pecado original, con los cuales el diablo pervirtió a nuestros primeros padres cuando les dijo: “seréis como dioses” (Gen. 3:5). No estuvieron satisfechos con la divinidad que les había sido revelada y el conocimiento con que habían sido bendecidos, sino que querían penetrar las profundidades de la deidad. Porque dedujeron que había una razón secreta por la cual Dios les había prohibido comer del fruto del árbol que estaba en el medio del Paraíso y querían saber cual era la razón; así mismo como la gente de nuestros tiempos alega: “Sucederá lo que Dios haya determinado de antemano. Por tanto, cualquier preocupación por la religión y la salvación de las almas es algo incierto e inútil.” Sin embargo, no te ha sido dado rendir un veredicto de lo inescrutable. ¿Por qué dudas o desechas la fe a la que Dios te constriñe? ¿Fue todo un despropósito que Dios enviase a Su Hijo a sufrir y a ser crucificado por nosotros? ¿Con qué fin se instituyeron los sacramentos si son inciertos y completamente inútiles para nuestra salvación? Porque de otra forma, si alguien ha sido predestinado, como quiera hubiese sido salvado sin el Hijo, sin los sacramentos y sin las Santas Escrituras. Por consiguiente, de acuerdo a la blasfemia de estas personas, si lo único que Dios quería era que nosotros estuviésemos desconcertados y en la duda de si vamos a ser salvos o condenados, fue horriblemente necio al enviar a Su Hijo, promulgar la ley y el Evangelio y enviar a los apóstoles.

Pero estos son engaños del diablo con los cuales trata de causarnos duda e incredulidad, aunque Cristo haya venido al mundo a darnos completa certidumbre. Porque eventualmente, una de dos debe seguir como resultado, la desesperación o el menosprecio de Dios, de la Santa Biblia, del Bautismo y de todas las bendiciones de Dios mediante las cuales procura fortalecernos contra la incertidumbre y la duda. Porque dicen con los epicúreos: “… comamos y bebamos; que mañana moriremos.” (1 Cor. 15:32). Al igual que los turcos se apresuran temerariamente a la espada y al fuego, puesto que ya fue predeterminada la hora en que uno muere o escapa.

Sin embargo, uno debe oponerse a estos pensamientos con el verdadero y firme conocimiento de Cristo, tal y como frecuentemente les recuerdo por encima de todo lo demás que es provechoso y necesario que el conocimiento de Dios esté completamente seguro en nosotros y que nos aferremos a Él con firme consentimiento del corazón. De otra manera nuestra fe es inútil. Porque si Dios no es fiel a sus promesas, entonces nuestra salvación está perdida. Por otro lado, aunque nosotros somos inconstantes, a pesar de todo podemos correr y refugiarnos en Aquel quien es siempre constante. Porque en Mal. 3:6, Él declara de Sí mismo: “Porque yo Jehová, no cambio.” Y Rom. 11:29 dice: “Pues los dones y el llamado de Dios son irrevocables.” Por consiguiente, así es como lo he enseñado en mi libro Bondage of the Will (Esclavitud de la Voluntad) y en otros lugares, a saber, que debe hacerse una distinción cuando uno trata con el conocimiento, o mejor dicho, con el tema de la deidad. Porque nuestro debate debe ser respecto al Dios vedado o al Dios revelado. Y respecto a Dios, en lo que toca a lo que Él no ha revelado, allí no hay fe, no hay conocimiento y no hay entendimiento. Aquí uno debe afirmarse a la declaración de que lo que está por encima de nosotros no es asunto nuestro. Porque los pensamientos de esta clase, que investigan algo más sublime por encima o fuera de la revelación de Dios, son completamente demoníacos. Nada puede lograrse con esto sino arrojarnos a la destrucción; porque se presenta un objeto inescrutable, a saber, el Dios no revelado. ¿Por qué no mejor dejar que Dios conserve sus decisiones y misterios en secreto? No tenemos razón alguna para agitarnos tanto pidiendo que estas decisiones y misterios nos sean revelados.

También Moisés pidió que Dios le mostrase Su rostro; pero el Señor contesta: “verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro” (Ex. 33:23). Porque esta curiosidad es el pecado original mismo, mediante el cual se nos empuja a forjar un camino a Dios mediante la especulación natural. Pero eso es un gran pecado y un intento inútil y vano; porque así lo dice Cristo en Jn. 6:65 (véase Jn. 14:16): “Nadie viene al Padre sino por Mí.” Por tanto, cuando nos acercamos al Dios no revelado allí no hay fe, no hay Palabra y no hay conocimiento; porque Él es un Dios invisible y tú no puedes hacerlo visible.

Además, Dios muy firmemente ha prohibido el escrutinio de la deidad. Por eso es que cuando los apóstoles preguntan en Hechos 1:6, “¿restituirás el reino a Israel en este tiempo?”, Cristo les dice: “No toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad” (Hechos 1:7). “Dejadme que permanezca vedado donde a ustedes no me he revelado”, dice Dios, “o seréis la causa de vuestra propia destrucción, así como Adán cayó de una manera horrible; porque el que investiga Mi majestad será destruido por mi Gloria.”

Y es cierto que Dios quiso contrarrestar esta curiosidad desde el mismo principio; porque así es como presenta Su voluntad y consejo: “Te revelaré mi pre-conocimiento y predestinación de una manera extraordinaria, pero no como tú te lo imaginas mediante esta forma de sabiduría y razonamiento carnales. Así es como lo haré: “Siendo un Dios velado me convertiré en un Dios revelado. Y aún así seguiré siendo el mismo Dios. Me haré carne enviando a Mi Hijo. Él morirá por tus pecados y resucitará de entre los muertos. Y de esta forma cumpliré con tus deseos, a fin de que puedas saber si estás o no estás predestinado. Mirad, éste es Mi Hijo; a Él oíd (Mat. 17:5). Miradle como yace en el pesebre y sobre la falda de su madre y cuando cuelga de la cruz. Observad lo que hace y lo que dice. Allí, verdaderamente echarás mano de Mí.” Porque “El que me ha visto”, dice Cristo “ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Si le escuchas, si estás bautizado en su nombre y amas su palabra, entonces ciertamente estás predestinado y estás seguro de tu salvación. Pero si injurias y desprecias la Palabra, entonces estás condenado; porque el que no cree está condenado (Mar. 16:16).

Debes aniquilar los pensamientos y caminos de la razón o de la carne, porque Dios los detesta. La única cosa que tienes que hacer es recibir al Hijo, de tal modo que Cristo sea bienvenido en tu corazón en su nacimiento, en sus milagros y su cruz. Porque aquí está el libro de la vida en el cual fuiste inscrito. Y este es el único y más eficaz remedio para esa horrible enfermedad por la que los seres humanos en su escrutinio de Dios proceden en forma especulativa, y eventualmente se apresuran hacia el desaliento y desprecio. Si quieres escapar del desaliento, del odio y de la blasfemia de Dios, descarta tus especulaciones respecto al Dios oculto, y cesa de tratar en vano de ver el rostro de Dios.

De otra manera, tendrás que permanecer perpetuamente en incredulidad y maldición, y perecerás; porque aquél que duda no cree, y el que no cree está condenado (Mar. 16:16).

Por tanto, debemos detestar y evitar esas palabras viciosas en que se tambalean los epicúreos: “Si así es como tiene que suceder, entonces que así suceda.” Porque Dios no vino del cielo para ponerte en incertidumbre respecto a la predestinación, ni para enseñarte a despreciar los sacramentos, la absolución y el resto de las ordenanzas divinas. De hecho, Él los instituyó para darte completa certeza y quitarte la enfermedad de la duda de tu corazón, con el fin de que no tan sólo creas con tu corazón sino que también veas con tus mismo ojos y palpes con tus manos. ¿Por qué, entonces rechazas esto y te quejas de no saber si estás predestinado? Tienes el Evangelio; has sido bautizado; tienes la absolución; eres cristiano. Y a pesar de todo, dudas y dices que no sabes si crees o no, que no sabes si consideras como verdad lo que se predica de Cristo en la Palabra y en los sacramentos.

Mas tú dices: “No puedo creer.” Así también muchos son perturbados por esta prueba, y recuerdo que en Torgau una pequeña dama se me acercó con lágrimas en sus ojos quejándose que no podía creer. Entonces, cuando le recité los artículos del Credo en orden y le pregunté de cada uno de ellos, que si estaba convencida de que estas cosas eran verdad y si había sucedido o no de esa manera, ella me contestó: “Ciertamente pienso que son la verdad, pero no puedo creer.” Esto era un espejismo satánico. De seguido le dije: “Si usted piensa que todas estas cosas son verdad, no hay razón por la cual usted se queje de su incredulidad; porque si usted no duda que el Hijo de Dios murió por usted, usted ciertamente cree, porque creer no es otra cosa que considerar estos hechos como segura e incuestionable verdad.”

Dios te dice: “Mira, tienes a Mi Hijo. Escúchale y recíbele. Si esto haces ya está seguro de tu fe y salvación.” Tu dirás, “Pero no sé si permanezco en la fe.” A pesar de todo, acepta la promesa presente y la predestinación, y no preguntes muy curiosamente de los consejos secretos de Dios. Si crees en el Dios revelado y aceptas Su Palabra, Él también gradualmente te revelará al Dios oculto; porque “El que me ha visto, ha visto al Padre,” según lo dice Jn. 14:9. El que rechaza al Hijo también pierde al Dios vedado junto con el Dios revelado. Pero si te afianzas al Dios revelado con una fe firme, de modo que tu corazón esté resuelto a no perder a Cristo aunque pierdas todo lo demás, entonces estarás muy asegurado de tu predestinación y entenderás al Dios vedado. De hecho, ahora mismo le entiendes si aceptas al Hijo y a Su voluntad, a saber, entiendes que Él se te quiere revelar, que quiere ser tu Señor y tu Salvador. Por lo tanto estás seguro de que Dios también es tu Señor y Padre.

Observad cuan placentera y bondadosamente Dios te libra de esta prueba. Horrible prueba con la que Satán asecha sobre las gentes hoy día en formas extrañas a fin de convertirlos a la duda y a la incertidumbre y eventualmente a separarlos de la Palabra. Porque ellos dicen, “¿Por qué has de escuchar el Evangelio, dado que todo depende de la predestinación?” De esta manera nos roba de la predestinación garantizada mediante el Hijo de Dios y los sacramentos. Nos vuelve a la incertidumbre cuando estamos completamente seguros. Y si ataca a las conciencias tímidas con esta prueba, mueren en desaliento, como también me hubiera pasado a mi a no ser que Staupitz me librara de la misma prueba cuando estuve perturbado. Pero si son de la clase de los escarnecedores entonces se convierten en los peores epicúreos. Por lo tanto, antes bien debemos grabar declaraciones como estas en nuestros corazones, Jn. 6:44: “Ninguno puede venir á mí, si el Padre que me envió no le trajere.” ¿Por medio de quién? Por Mí. “El que me ha visto, ha visto al Padre.” (Jn. 14:9). Y Dios dice a Moisés: “No podrás ver mi rostro: porque no me verá hombre, y vivirá.” (Ex. 33:20). Y leemos (Hechos 1:7) “No toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad.” Pero ve y haz lo que te he ordenado. Igualmente dice: “No procures las cosas que son demasiado elevadas para ti y no escudriñes las cosas por encima de tu habilidad; pero piensa siempre en las cosas que Dios ha mandado y no seas curioso de muchas de Sus obras.” (véase Eclesiástico 3:22) Escucha al Hijo encarnado y la predestinación se te presentará de su propia cuenta.

Staupitz me consolaba con estas palabras: “¿Por qué te torturas con estas especulaciones? Mira las heridas de Cristo y la sangre que fue derramada por ti. Desde ellas brillará la predestinación. Por consiguiente, uno debe escuchar al Hijo de Dios, que fue enviado en la carne y apareció para destruir la obra del diablo (1 Jn. 3:8) y para asegurarte la predestinación. Por esta razón te dice: ‘Eres Mi oveja porque escuchas Mi voz’ (Jn. 10:27). ‘Nadie te arrebatará de Mis manos’” (verso 28).

Muchos que no resistieron esta prueba de esta manera han sido arrojados de cabeza a la destrucción. Por consiguiente, el corazón de los píos, debe mantenerse cuidadosamente fortificado. Por tal razón un ermitaño en The Lives of the Fathers (La Vida de los Padres) aconseja a sus lectores en contra de la especulación de esta índole. Él dice: “Si ves que alguien ha puesto su pie en el cielo, hálalo para atrás. Porque así es como los santos novatos son tentados a pensar acerca de Dios separado de Cristo. Estos son los que tratan de ascender al cielo y colocar allí ambos pies. Pero inmediatamente son lanzados al infierno.” Por tanto, el piadoso debe estar advertido y tener la sola intención de aprender a aferrarse del Niño e Hijo Jesús, quien es tu Dios y fue hecho carne por tu causa. Reconoce y escúchale; complácete en Él, y da gracias. Si lo tienes, entonces también tienes al Dios vedado junto con Aquél que ha sido revelado. Y ese es el único camino, la verdad y la vida (Jn. 14:6). Aparte de eso no encontrarás otra cosa sino destrucción y muerte.

Así también he mencionado repetidamente en otras ocasiones el notable ejemplo de una monja que pasó por la misma prueba. Porque bajo el papado también hay muchas personas piadosas que han experimentado estas pruebas espirituales, que en verdad son infernales y lo que piensan los condenados. Porque no hay diferencia alguna entre el que duda y el que está condenado. Por esto siempre que la monja sentía que estaba siendo asaltada por los dardos de Satán (Efesios 6:16), no decía otra cosa sino esto: “Soy cristiana”.

Debemos de hacer lo mismo. Uno debe abstenerse de los debates y decir: “Soy cristiano; el Hijo de Dios fue hecho carne y nació; Él me ha redimido y está sentado a la diestra del Padre, y Él es mi Salvador.” Entonces, debes apartar a Satanás lejos de ti con tan pocas palabras como sea posible diciéndole: “¡Apártate Satán! (Mat. 4:10). No pongas dudas en mi. El Hijo de Dios vino a este mundo a destruir tu obra (1 Jn. 3:8) y para destruir la duda.” Entonces se acaba la prueba, y el corazón vuelve a la paz, a la tranquilidad y al amor de Dios.

Por otro lado tener dudas de las intenciones de una persona no es pecado. Porque el mismo Isaac duda que ha de vivir o que ha de tener un anfitrión benigno. Del hombre, puedo tener dudas. De hecho, debo tener dudas. Porque no es mi Salvador, y escrito está (Sal. 146:3) “No confiéis en los príncipes”. Porque el hombre es mentiroso y engañador. Pero uno no puede tratar con Dios con dudas. Porque Él no quiere ni puede mudarse o ser mentiroso. Y la forma más elevada de adoración que requiere de ti es tu convicción de que Él es Verdadero. Porque para esto es que te ha dado las evidencias más fuertes de que se puede confiar en Él y que Él es veraz. Ha dado a Su Hijo en la carne y hasta la muerte, y ha instituido los sacramentos para que sepas que Él no quiere ser engañoso sino veraz. Ni tampoco confirma esto con pruebas espirituales; Lo confirma con pruebas tangibles. Porque puedo ver el agua, puedo ver el pan y el vino y puedo ver al ministro. Todo esto es físico y en estas formas materiales se revela a Sí mismo. Si has de tratar con los hombres puedes tener dudas respecto a cuanto puedes creer a la persona y en cuanto a cómo otros están predispuestos hacia ti; pero respecto a Dios debes mantener con seguridad y sin duda alguna que Él está favorablemente dispuesto hacia ti por causa de Cristo y que has sido redimido y santificado a través de la preciosa sangre del Hijo de Dios. De esta forma quedarás asegurado de tu predestinación, puesto que todas las preguntas inquisitivas y peligrosas respecto a los concilios secretos de Dios son quitadas – esas son las preguntas a las cuales Satán trata de llevarnos, como cuando empujó hacia ellas a nuestros primeros padres.

¡Pero cuán grande hubiera sido la alegría de nuestro primer padre si cuidadosamente hubiesen tenido la Palabra de Dios en vista y hubiese comido de todos los demás árboles excepto del que se le había prohibido comer! Pero él quiso investigar por qué Dios le había prohibido disfrutar de los frutos de aquel árbol. Además, había un Satán, el malévolo maestro, que aumentó y alentó esa curiosidad. Y así fue arrojado de cabeza al pecado y a la muerte.

Así es como Dios nos revela Su voluntad mediante Cristo y el Evangelio. Sin embargo, le detestamos, y siguiendo el ejemplo de Adán, nos deleitamos en el árbol prohibido por encima de todos los demás. Esta falta ha sido inculcada en nosotros por naturaleza. Cuando se cierran el Paraíso y el Cielo y allí se pone un ángel guardián (Gen. 3:24), tratamos en vano de entrar allí. Porque Cristo ha dicho con toda verdad: “A Dios nadie le vio jamás” (Jn. 1:18). Sin embargo, Dios en su bondad sin límites se nos ha revelado para satisfacer nuestro deseo. Nos ha mostrado una imagen visible. “Mirad, ustedes tienen a Mi Hijo; que el que le escucha y es bautizado queda inscrito en el libro de la vida. Esto les he revelado mediante Mi Hijo a quien pueden tocar con sus manos y contemplar con sus ojos.”

He deseado enseñar y transmitir esto en una forma tan esmerada y precisa porque después de mi muerte muchos publicarán mis libros y probarán de ellos toda clase de errores y sus propios engaños. Sin embargo, entre otras cosas, he escrito en tal forma que todo es absoluto e inevitable; pero a la misma vez he añadido que uno debe mirar a ese Dios revelado, mientras cantamos el himno: “Er heist Jesu Christ, der HERR Zebaoth, und ist kein ander Gott”, “Jesucristo es el Señor de los ejércitos y no hay otro Dios“. Y también en muchos otros lugares. Pero pasarán por todos esos lugares y tomarán sólo lo que trata con el Dios vedado. De acuerdo con esto, ustedes que ahora me escuchan, deben recordar que les he enseñado que uno no debe inquirir respecto a la predestinación según el Dios vedado sino que han de quedar satisfechos con lo que se ha revelado mediante el llamado y el ministerio de la Palabra. Porque así estarán seguros de su fe y su salvación y dirán: “Creo en el Hijo de Dios, quien dijo (Jn. 3:36) ‘El que cree en el Hijo tiene vida eterna’”. Por tanto, sobre uno así no descansa ni ira ni condenación, sino que goza de la buena voluntad de Dios el Padre. Pero he declarado públicamente estas cosas en otros lugares en mis libros y ahora también lo estoy enseñando por medio de la palabra hablada. Por tanto quedo exonerado.

(De la Edición Americana de Luther’s Works 5:43-50; Luther’s Genesis Commentary [Comentario de Lutero sobre Génesis], comentando en Génesis 29:9)

Written on December 11th, 2012

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