INTRODUCCIÓN DE MARTÍN LUTERO

 

Una vez que M. Lutero hubo expuesto públicamente esta Epístola[1], se dio a la labor de interpretarla otra vez, de la  manera que se expone en el Tratado seguidamente; por lo cual declara en estas breves palabras lo siguiente:

He tomado en mano, en el nombre del Señor, una vez más exponer esta Epístola de San Pablo a los Gálatas; no porque deseo enseñar cosas nuevas, o tales que no habéis escuchado antes, ya que por la gracia de Cristo, Pablo ya se les ha dado a conocer plenamente; pero (como a menudo les amonesté) tenemos que temer como el más grande y cercano peligro, que Satanás nos desaloje de la pureza de esta doctrina de fe, y traiga sobre la Iglesia una vez más la doctrina de las obras y las tradiciones de los hombres. Por lo cual es sumamente necesario que esta doctrina se anuncie siempre públicamente y se practique, tanto en la lectura como en los oyentes. Y aunque jamás se llegue a conocer tan plenamente, jamás aprendida con tanta exactitud, aun así tengamos presente que  nuestro adversario el diablo, quien acecha de continuo, queriendo devorarnos, no ha muerto. De igual manera nuestra carne y nuestro viejo hombre viven aun. Además, todo tipo de tentaciones nos confunden y oprimen por todo lado; por cuanto esta doctrina jamás podrá enseñarse, urgida, o repetida lo suficiente. Si se llegare a perder esta doctrina, entonces también la doctrina de la verdad, la vida, y la salvación se habrá perdido y desaparecido. Si esta doctrina floreciere, entonces todo lo bueno también florecerá: la religión, el verdadero servicio a Dios, la gloria a Dios, y el correcto conocimiento de todo lo necesario para un cristiano en todos los aspectos de su vida. Por tanto pues, estaremos ocupados y no ociosos, comenzaremos en donde terminamos, de acuerdo al proverbio del hijo de Sirac: «Cuando el hombre cree haber terminado, es cuando apenas comienza» (Eclesiástico 18:7).



[1] La primera vez habría sido en 1516, la cual fue publicada en 1519.

Written on February 21st, 2012

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Justificados en Cristo

La Justicia establecida por Dios (Rom. 3:21)