Examinemos Nuestra Fe (Gálatas 1:6-1

En la Biblia la palabra “Evangelio” tiene un significado muy particular. Pero muchos le han dado su propio significado. También se le han adaptado y acomodado otros significados. Hoy día se ha olvidado (o descuidado) el verdadero significado de Evangelio. De acuerdo a lo que usted ha aprendido y conoce, ¿cuál de las siguientes declaraciones enumeradas es el significado correcto de “Evangelio”? Escoja la frase que a su parecer mejor traduce o explica esta palabra “Evangelio” (Buenas Nuevas). Luego lea las “Características del Evangelio” y decida si usted “… ha creído a nuestro anuncio”(Is. 53:1)

1. Es creer la PROMESA de un futuro mejor con la ayuda de Dios.

2. Es el poder para obedecer las 10 GRANDES REGLAS (los 10 Mandamientos).

3. Es mantener una RELACION con Cristo.

4. Es sentir la EXPERIENCIA de salvación.

5. Es recibir los DONES del Espíritu Santo.

6. Es vivir en VICTORIA.

7. Es alcanzar la Santificación total por el poder del Espíritu Santo.

8. Es Nacer de nuevo en el Espíritu

9. Es el anuncio de una victoria ganada a favor de otro.

Características del Evangelio

Es Una Promesa Cumplida:

Por la naturaleza misma de la palabra, evangelio (1 Cor. 15:1-5) significa una notificación, un anuncio (Isa. 53:1) de algo bueno que ha sucedido. Por razón de su cumplimiento en el evento Mesiánico es una promesa cumplida. En Romanos 1:2 Se nos dice que el evangelio (Dios) lo “había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras”, por ésto sabemos que es una promesa. Y la promesa fué cumplida porque los escritos apostólicos nos dan testimonio de que “Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que Cristo había de padecer.”(He. 3:18) Cuando reflexionamos sobre las Escrituras comprendemos de ellas que el Antiguo Testamento(AT) nos habla de la promesa por cumplirse mientras que el Nuevo Testamento nos habla de la promesa cumplida. Mientras que el AT decía “Y acontecerá en aquel día, dice el Señor Jehová, que haré que se ponga el sol al mediodía, y la tierra cubriré de tinieblas en el día claro.” (Amos 8:9); el NT testifica que “. . . era como la hora sexta, y hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció; y el velo del templo se rasgó por el medio.”(Lu. 23:44-45) El NT se regocija al decir: “. . . nosotros os anunciamos el evangelio de aquella promesa que fue hecha a los padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros; resucitando a Jesús; como también en el salmo segundo está escrito: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy.”(He. 13:32-33) Por tanto, el Evangelio no es la promesa de un futuro mejor con la ayuda de Dios sino la promesa de Dios cumplida para nosotros por Su Hijo Jesucristo.

El Sujeto del Evangelio:

El Evangelio tiene un solo Sujeto, un solo Personaje Central. En Romanos 1:3 se nos dice que el “evangelio de Dios que El había prometido antes por sus profetas en ls Santas Escrituras” es “tocante a Su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que fue hecho de la simiente de David según la carne, y que fue declarado ser el Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos…”(Ro. 1:2-4). Su Protagonista es Cristo Jesús, Aquél que fuera nacido en Belén de Judea, nacido de una virgen en la familia de David. Cuando el Espíritu Santo ordenó a Felipe que se acercase al carruaje del tesorero de la reina de Etiopía (He. 8:26-40) el eunuco etiope leía el evangelio como había sido narrado en Isaías 53, 700 años antes de suceder. Felipe le preguntó si entendía y él respondió que ¿cómo podía entender si no había alguien que le enseñase? Las Escrituras nos dicen que el eunuco hizo entonces una pregunta: “Y respondiendo el eunuco a Felipe, dijo: Te ruego ¿de quién dice el profeta esto? ¿De sí mismo, o de algún otro?” (v. 34). “Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta Escritura, le predicó el evangelio de Jesús.”(v. 35) Ninguno de los profetas o apóstoles testificaron de sí mismos. La pregunta del etiope merece el lugar más elevado entre las preguntas que debemos hacernos al escuchar o leer cualquier cosa religiosa. Esta pregunta toca directamente sobre el asunto de la obra del Espíritu Santo que Cristo prometió a sus seguidores. Del Espíritu Santo Jesús dijo “… no hablará de sí mismo … él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.”(Jn. 16:13-14) Así también en el relato del eunuco dice que “Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta Escritura(Is.53), le predicó el evangelio de Jesús.” El Evangelio de Cristo no es un relato de nuestra experiencia cristiana. No nos incluye a nosotros como participantes en su cumplimiento. Nuestra única participación en el Evangelio bíblico es la de aportar el pecado que cayó sobre el Cristo en la cruz y de ser los beneficiarios de Su triunfo. El Evangelio es “acerca de Su Hijo” no acerca de nosotros. La próxima vez que esté sentado en la iglesia escuchando a alguien predicar, hágase la pregunta del etiope: “¿de quién dice ésto el …” predicador, “… de sí mismo, o de …” Jesús? Vivimos en un tiempo cuando la iglesia se sumerge en la experiencia personal, en la manifestación de “dones” espirituales y en la jactancia de haber logrado llevar una “vida victoriosa”. A pesar de su importancia limitada, ninguna de estas cosas constituyen o forman parte del Evangelio. Tales cosas forman parte de nuestra existencia como pecadores en este mundo. Pero el Evangelio es acerca de Él exclusivamente, y así lo postula Pablo en su declaración de 1 Corintios 15:1-4. ¿Dónde estabas cuando Jesús tomó sobre sí la carga de tus pecados, incluyendo tu experiencia personal imperfecta, tus así llamados dones espirituales imperfectos y tu no tanto “vda victoriosa? ¡Sospecho que si estás leyendo ésto aún no habías nacido! Si no estabas allí entonces tampoco debes incluirte en el Evangelio. Sobre la cruz fue suspendido el Hijo de Dios no tú. Cuando terminó su obra, Cristo la selló con las palabras “Consumado es”. Esto fue dicho para indicar que nada podía ser añadido jamás a Su perfecta obra expiatoria, no importando lo “valioso” que parezca ante nuestros ojos. Jesús dice: “… yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”(Jn. 10:17-18) Sólo Cristo puede decir estas palabras y por ésto Sólo Cristo cabe en el Evangelio.

La Historicidad del Evangelio

Entre los judíos del tiempo de Cristo era costumbre debatir en cuanto al significado de las Escrituras. De entre las más notables discusiones que ellos entretenían estaba la cuestión del “Siervo sufriente”. Esta discusión rotaba alrededor de la pregunta de quién era el personaje de quien se hablaba en Isaías 53 (Véase “El Sujeto del Evangelio”). Sin embargo, tras esta pregunta persistía un enigma mayor; el enigma del tiempo en la mayoría del pasaje. Cerca de 700 años antes de que el Mesías comenzara su ministerio público, Isaías confesaba que “…se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque Él nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.”(Is. 53:9-10) Aunque afirma inmediatamente: “Cuando hubiere puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Del trabajo de su alma verá y será saciado. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y Él llevará las iniquidades de ellos.”(vs. 10-11), concluye el pensamiento mirando hacia el pasado: “Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los transgresores; Y llevó Él el pecado de muchos e hizo intercesión por los transgresores.”(v. 12) Otros versos de este pasaje también descansan en un pretérito distante: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él; y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros. Angustiado Él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. De la cárcel y del juicio fue quitado; y su generación ¿quién la contará? Porque cortado fue de la tierra de los vivientes; por la rebelión de mi pueblo fue herido.”(vs. 3-8) Todos estos versos son precedidos por un verso en tiempo futuro: “Subirá cual renuevo … le veremos …”(v. 2) Isaías 53, he aquí el pasaje Mesiánico reinante del AT. Su belleza es indescriptible, su sabiduría ilimitada y su tiempo perfecto. Mientras que el profeta narraba bajo la influencia de la inspiración divina la venida del “Sufriente” a su vez el Espíritu de Dios hizo que el relato de Sus sufrimientos fuese escrito en el pasado. Aunque el evento estaba siendo profetizado fue considerado tan cumplido como si ya hubiese acontecido. Esto se llama inspiración. Lo que nos lleva a otra característica del Evangelio bíblico: El Evangelio es un evento histórico, algo que sucedió en el pasado. La misma definición de Evangelio (buenas noticias) testifica de esta característica. Uno no puede recibir noticias de algo que va a suceder. Tales cosas caen bajo la descripción de pronóstico o profecía. Puesto que los eventos no se han cumplido, no podemos contar con ellos hasta que en verdad sucedan. Por ésto el Evangelio no es profecía. El evangelio tampoco sucede en nuestro presente. Nunca se pueden dar noticias de lo que sucede en nuestro presente. Las noticias corresponden solamente a eventos que ya han acontecido en el pasado. La fe del cristiano ha sido anclada por Dios en un evento que ya ha acontecido, el evento Mesiánico. En Cristo, Dios vivió una vida de perfecta justicia, llevó nuestros pecados sobre Sí mismo en la cruz, fue sepultado, y se levantó de entre los muertos al tercer día como prueba de que su Sacrifico había sido aceptado por el Padre. El mensaje de que Cristo viene pronto no es el Evangelio, eso es profecía. Creer que Dios tendrá misericordia de nosotros no es creer en el Evangelio, tal cosa está basada en la esperanza, no en la fe. La fe mira hacia el pasado y confiesa que Cristo, nuestro Sustituto tomó nuestro lugar en este mundo en nuestra carne y allí vivió la vida que nosotros deberíamos haber vivido y murió la muerte que nosotros deberíamos haber muerto y resucitó al tercer día. Esto es el ancla de nuestra fe, un fundamento inconmovible puesto que ha sido sellado en el tiempo y no se ha de repetir jamás. Así que una presentación del Evangelio es un anuncio del Evento de los siglos. No de balde los traductores de las Escrituras comienzan el Capítulo 53 con la aguda pregunta: “¿Quién ha creído a nuestro Anuncio?”

El Evangelio es Declarativo no Imperativo

Cuando leemos las Escrituras encontramos que, por la mayor parte, podemos dividir la mayoría de sus declaraciones en dos grandes categorías. De hecho, por la razón de que ya existe una división natural entre sus libros (Antiguo y Nuevo Testamentos), tenemos la ventaja de poder ver definidamente esta clasificación de suprema importancia para el entendimiento de las Escrituras. La clasificación de las declaraciones son: Ley y Evangelio. Una manera sencilla de distinguir entre estas declaraciones es determinando si la declaración requiere algo de nosotros ó si nos está declarando algo de Jesucristo como Mesías. Por ejemplo, la declaración “Amarás a tu prójimo como a tí mismo”(Mat. 22:39) es una declaración que nos ordena amar a nuestro prójimo. Algunos pueden pensar que por el hecho de que se trata de “amar” está declaración es Evangelio. Sin embargo, ésta declaración cae bajo la clasificación de ley dado que nos está ordenando hacer algo y requiere nuestra participación. Esto se conoce como un imperativo. El mismo Cristo usó esta declaración para contestar a uno que le preguntó que ¿cuál era el mandamiento más importante de la ley? Así que el requerimiento de “amar” cae bajo la categoría de ley. Por otro lado la declaración de Pablo: “… Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no imputándole sus pecados…” (2 Co. 5:19) Esta declaración es puro Evangelio. Primero es declarativa y no imperativa. Nos está notificando algo y no está requiriendo de nosotros algo. Esta declaración nos dá la noticia de lo que Dios ha hecho en Cristo Jesús por nosotros. Clasifica como Evangelio porque es una promesa cumplida, Cristo como Salvador es su tema y no nos ordena cosa alguna que hacer, más bien Dios fue el que hizo lo que la declaración testifica. La ley requiere, demanda, impone. El Evangelio notifica porque es una “noticia” una “buena noticia” una “buenísima noticia”.

Ahora revisemos nuestras respuestas al cuestionario de arriba:

1. Es creer la PROMESA de un futuro mejor con la ayuda de Dios.
Esta definición del Evangelio es falsa. La promesa ha sido cumplida en Cristo Jesús. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar con Él, en lugares celestiales en Cristo Jesús…”(Ef. 2:4-6″) “Y nosotros os anunciamos el evangelio de aquella promesa que fue hecha a los padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros; resucitando a Jesús…”(Hch. 13:32-33) También encontramos que el sujeto de esta declaración no es Jesús sino nosotros. Además queda clasificado bajo la ley por requerir que nosotros creamos para recibir un beneficio. Por último, no es compatible con la definición de Evangelio dada en 1 Co. 15:1-5.

2. Es el poder para obedecer las 10 GRANDES REGLAS (los 10 Mandamientos).
Esta definición del Evangelio es falsa. Ignora la promesa cumplida en Cristo y por consiguiente su obra de perfecta obediencia como Sustituto nuestro a toda la Ley de Dios incluyendo los Diez Mandamientos. No hay buenas noticias en tener que repetir todo lo que Cristo hizo (Gá. 3:10-13). Pedir a Dios que nos de poder para hacer lo que Cristo hizo bordea en la blasfemia y muestra un espíritu desagradecido por lo que nos ha dado. La obra de Cristo es única, no hay ángel o criatura en la tierra ó en el cielo que puede duplicar su obra por nosotros. Por ésta razón se le llama “Rey de reyes y Señor de señores”(Ap. 19:11-16; Is. 53:11) Esta definición cuenta con una naturaleza humana sujeta al pecado para cumplir con las “10 grandes reglas”. El concepto está en total bancarrota. No hay ni seguridad, ni paz, ni salvación en ésto. Con esta opción es prudente recalcular primero cuánto tendríamos que invertir para poder triunfar (Lu. 14:28-32). Aquí no hay buenas noticias sólo una horrible expectativa de juicio al final de nuestra imperfecta empresa. Tampoco encontramos a Cristo como sujeto. Definitivamente es una declaración de ley porque requiere obediencia. Tampoco es compatible con la definición de Evangelio dada en 1 Co. 15:1-5.

3. Es mantener una RELACION con Cristo.
Esta definición del Evangelio es falsa. En primer lugar no hay específico alguno en cuanto a lo que constituye esta “relación”. Es un concepto derivado de la sicología moderna y no de la Biblia. Supongamos que alguien preguntase ¿qué cosa constituye o significa una “relación” con Cristo? ¿Que nos hacemos amigos de Cristo? ¿Que lo hemos conocido como se conoce a alguien en la familia? ¿Que si nos cae bien el Cristo entonces podemos pertenecer al club? En realidad la definición no estima la realidad del pecado. Ni toma en consideración que tal “relación” puede variar de persona en persona porque la experiencia personal en la que se basa es distinta para cada uno. Esto de por sí es una de las raíces de los cultos. En los cultos se asume la obediencia a reglamentos que pertenecen al antiguo pacto. Pero nadie realmente pone atención al hecho de que la observancia de tales reglamentos no tiene consistencia en su observancia. Así que los que practican tales reglamentos lo hacen cada cual a su propio “nivel” y “estilo” y así se justifican a sí mismos delante de una ley inexorable que no admite sombra de variación. La “relación” con Cristo es uno de esos conceptos religiosos nebulosos que nadie puede describir adecuadamente. Siempre se termina diciendo que esta “relación” con Cristo depende de nuestra obediencia a la ley y así se arriba al mismo lugar al que se llega en la opción número 2. Además, esta “relación” no es la Relación (o experiencia) que nos justifica delante de un Dios perfectamente Justo. No, la Relación que nos justifica es la relación entre el Padre y el Hijo que está fundada sobre la obediencia perfecta de un Sustituto impecable que se dio voluntariamente para tomar sobre sí nuestro pecado y vida y relación imperfectas. Por supuesto, en esta premisa el sujeto es el yo, pensando siempre que uno puede relacionarse con la Deidad directamente. Se olvida que que “Nadie viene al Padre” (Jn. 14:6) sino por Jesucristo y que nadie viene “al Hijo” sino por el Padre.(Jn. 6:44) Puesta en su mejor luz, ignora el carácter legal de nuestra salvación y lo ubica en una imaginación del corazón pecaminoso (véase a Romanos 4:16; 7:4; 10:4). A esta opción también la acompaña otra igualmente falsa premisa. Se dice que necesitamos “recibir a Cristo en nuestro corazón para nacer de nuevo y ser salvos”. Esto se repite como papagayo cada vez que viene una nueva persona a la iglesia. La frase “recibir a Cristo” no quiere decir descansar sobre la certeza de la consumada obra sustitutiva y representativa del Cristo por nosotros hace dos mil años. No, más bien es un tipo de esfuerzo “etereo”, indescriptible y sin forma o razón. A la fe se le ve como una “fuerza” tipo espiritual como la que se popularizó en las películas de Hollywood llamadas “Guerra de las Estrellas”. No es un don de Dios que viene por el oir del Evangelio de Cristo. En la entrevista de Nicodemo con Jesús no encontramos una descripción de lo que se siente o del cambio de comportamiento que ocurren cuando se “nace de nuevo”. Antes bien, vemos a Jesús llevando a Nicodemo al único lugar donde toda la humanidad recibe un nuevo nacimiento, a la cruz. El mensaje de Cristo a Nicodemos tiene que ver con su Evangelio, que fue entregado por manos de hombres inicuos, que fue crucificado, muerto y sepultado, y que al tercer día resucitó de entre los muertos por su propio poder según se afirma en las Escrituras. Cuando el hombre fija sus ojos sobre la cruz y se ve allí representado por el Santo Cristo de Dios que lleva sus pecados, lo ve morir por esos pecados y lo ve resucitar porque ese Sacrificio sustitutivo fue aceptado por el Padre como suficiente, el hombre nace de nuevo. En Cristo tiene una nueva vida imputada. Alguien dirá ¿Y ustede no creen que el Espíritu Santo hace un cambio en el que cree? El Espíritu Santo, que ha testificado al pecador acerca del Cristo, cuando el pecador miró a la cruz, realiza en el individuo un cambio como resultado de esta fe. El cambio es un rechazo de todo medio personal para alcanzar el cielo por nuestros propios recursos y una aceptación y dependencia total sobre la obra Consumada de Dios en Cristo para nuestra salvación. Es un cambio del lugar a dónde mira el hombre para salvación.

4. Es sentir la EXPERIENCIA de salvación.
Si ha leído las primeras explicaciones en este artículo ya puede deducir cual será nuestra respuesta a esta declaración. Esta definición del Evangelio es falsa. Preguntamos, ¿qué se require para “sentir” la experiencia de la salvación? Esta interpretación errónea se apoya sobre un entendimiento falto de las Escrituras. Las Escrituras en general y en el Nuevo Testamento en particular giran sobre un marco legal. El tema de un juicio inminente y severo cuelga sobre la cabeza de todo hombre pecador. El Dios de Israel es un Dios justo, santo, bueno, perfecto. Es un Juez inexorable: “De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío.” “Al justo y al impío juzgará Dios; porque allí hay un tiempo para todo lo que se quiere y sobre todo lo que se hace.” (Ex. 23:7; Ec. 3:17) Estas Escrituras afirman el concepto de no haber escape alguno para toda la humanidad cuando entra en juicio con Dios: “Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia. Y no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún viviente.”(Sal. 143:1-2) Como ya mencionamos, el NT edifica sobre esta base legal del AT. El mismo Evangelio revela “la justicia de Dios” (Ro. 1:17) De hecho, una comprensión honesta de esta verdad puede conducir a una persona a la desesperación total. Así sucedió con Martín Lutero. El comprendió las inexorables demandas de la Justicia Divina. ¿Cómo puede un Juez justo mostrar misericordia a un transgresor de su santa ley? Reconociéndose como el gran transgresor, Lutero, en su honestidad monástica, no podía encontrar respuesta a esta pregunta. Si Dios es justo, entonces no es posible la absolución. Si Dios es misericordioso, entonces no es posible el perdón y mucho menos la aceptación del pecador. El problema es un problema fundamentalmente legal. Para el hombre no es posible encontrar un punto de compatibilidad entre ambas características Divinas, Justicia y Misericordia. El problema es un problema de magnitud Divina. Este problema no se soluciona sentimentalmente. El problema trasciende los límites de los sentimientos y la emociones humanas. No es una cuestión de “sentir”. Imagínese estar sentado en el asiento del acusado en una corte de justicia. Se han leído los cargos y usted sabe que es culpable. Usted siente su pecho palpitar con desesperación mientras que su constitución emocional provoca sentimientos de culpabilidad, de arrepentimiento, de remordimiento, de disgusto, de auto simpatía y pena personal. Lágrimas salen de sus ojos. Su más íntimo deseo es de pedir perdón. Pero tales sentimientos no cuentan en este ambiente. En la corte, no se toman en cuenta tales preocupaciones. El Juez analiza los hechos, no los sentimientos, la ley es su guía infalible. La condición sentimental del acusado no concierne a la pronunciación del veredicto. En la corte usted es declarado culpable o inocente. El Juez no le hace culpable o inocente. Tal es el sentido de la palabra usada para “justificar” en el NT. La palabra original para “justificar” es “dikaiosune”. Esta palabra significa declarar justo y no significa hacer justo. En nuestro escenario imaginario, el juez sólo puede declararnos culpables. La evidencia nos incrimina y la ley así lo demanda. Pero en el Juicio Divino existe una salida a ésta encrucijada. En el juicio Divino, Cristo se presenta en nuestro lugar como nuestro Sustituto. El no es culpable como nosotros. En Él no existe pecado alguno. Pero como nuestro Sustituto, nuestro juicio es Su juicio, nuestro veredicto es Su veredicto y nuestra sentencia es Su sentencia. La Corte le acepta como Sustituto nuestro porque El es “…hueso de mis huesos, y carne de mi carne…”(Gen. 2:23; Ef. 5:25-32) Para esto Cristo vino a ser “el Hijo del Hombre”(Marcos 8:31) Su EXPERIENCIA ha venido a Él por medio de la imputación Divina. Como Sustituto del pecador, Dios le halló culpable y “… quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.”(Is. 53:10) Por imputación, y también Divina ( Is:53:4-6; 1 Co. 1:30-31), a nosotros se nos deja ir sin cargos, Otro ha sido hallado culpable, Otro ha sido condenado, Otro ha pagado la sentencia en nuestro lugar. Otro ha sentido la EXPERIENCIA que nos da salvación (Is. 53:11) Su conocimiento (o su EXPERIENCIA) fue la de sufrir por nuestras iniquidades. Nosotros somos pecadores, no hay perfección en nosotros y en nosotros mora el pecado. La propensión de nuestra naturaleza es de continuo al mal(Ro. 3:10-18). La Corte Divina imputó (atribuyó) a Cristo nuestra vida y reconoció a favor nuestro (imputó) Su Vida. La EXPERIENCIA de nuestra salvación fue sufrida por Él y a nosotros se nos bendice con la experiencia de recibir los beneficios de Su obra consumada. Cuando vemos lo que Cristo hizo por nosotros y lo que Él experimentó en nuestro lugar, decir que podemos “experimentar” la EXPERIENCIA de la salvación es blasfemar el Evangelio de nuestra Salvación. ¿Puedes tú comparecer ante el Dios Justo del universo y reclamar de Él favor alguno? ¿Dónde estabas tú cuando Jesús pedía perdón por tus pecados?(Luc. 23:34) ¿Cuándo fuiste azotado y golpeado hasta que tu rostro perdió todo parecer humano?(Is. 52:14; Lu. 22:64) Si contestas honestamente tu respuesta será aborrecer tu propia experiencia y gloriarte en Su EXPERIENCIA. (Gál. 6:14)

Written on January 19th, 2012

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